En los últimos 50 años, el crecimiento acelerado de la población mundial impulsó una expansión significativa de la producción agrícola, lo que llevó a un aumento en la superficie de tierras destinadas a cultivos. Según datos de 2019 basados en el estudio científico de Potapov et al. (Nature, 2021), los croplands —tierras dedicadas a cultivos herbáceos para alimentación, forraje o bioenergía— alcanzaron 1.244 millones de hectáreas (Mha), un incremento del 9% respecto al inicio del siglo XXI. Este aumento también elevó la producción primaria neta de los cultivos en un 25%, reflejando una intensificación agrícola global.
La distribución de estas tierras no es homogénea: Europa y Asia Occidental concentran alrededor del 20% cada una, mientras que África posee el 17% y Sudamérica el 9%. Sin embargo, estas dos últimas regiones fueron las que más crecieron en superficie cultivada entre 2000 y 2019. África añadió 53,2 Mha y Sudamérica 37,1 Mha, impulsadas por la adopción de tecnologías modernas y la expansión de cultivos de alta demanda global, como la soja en Argentina, Brasil y Uruguay. En contraste, el Sudeste Asiático fue la única región que redujo su superficie agrícola, debido a la conversión de tierras de cultivo en plantaciones forestales, acuicultura y otros usos.
Gran parte de la expansión agrícola reemplazó bosques, pastizales y otras áreas naturales, especialmente en África, Sudamérica y partes de Asia, contribuyendo a la pérdida de biodiversidad, fragmentación de hábitats y mayores emisiones de gases de efecto invernadero. A pesar de ello, algunos países están adoptando prácticas más sostenibles para aumentar la productividad sin seguir expandiendo la frontera agrícola. En un contexto de creciente demanda alimentaria, la intensificación agrícola y la innovación tecnológica serán claves para equilibrar producción y conservación ambiental.